Tres nidos

Tres nidos.

 

 

"Dame, padre, dame tu diestra para estrecharla, y no te sustraigas a nuestro abrazo. Así decía, mientras un largo llanto bañaba su rostro. Tres veces intentó allí rodearle el cuello con sus brazos; tres veces la imagen, en vano oprimida, escapó de sus manos, igual a los leves vientos y muy semejante al ala de un sueño." 

VirgilioEneidaLibro VI, 697-702

 

 

La muerte una vez más no llega y a pesar de todo, la vida parece invocarla. 

El canto repetitivo de los pichones anuncia, la comida cerca y la víspera de la madrugada o de la noche. Los días pasan para los árboles, ya no hay frutos, las ramas secas y sin flores dejan paso a la luz que adorna con sombras las paredes plomizas de las fachadas. 

 

Un arranque involuntario como un látigo, anuncia la llegada y al mismo tiempo la partida, el rastro lívido en su cuerpo del viento frío, predice lo sabido y como eso se sabe, lo calla; fijó con la cabeza el llamado y asintió con la misma el llamado, tres veces.

 

Montado en su caballo alazán trotó suavemente hacía la lejanía y en ella desapareció suavemente con el manto fijo que deja el viento. 

 

Arrastró consigo a tres, su padre se los endilgó y él, obediente los llevo lejos, al lado del viento fijo. Las sombras pesaban igual que lo llevado, atrás había quedado el llano en llamas.

 

Hacía ya tiempo que corrían de la desdicha y de la forma fácil de ganar la vida.

 

Al final con una escolta de 20 comensales, visitaron las posadas posibles y lejos de la piedad, tomaron lo que quisieron, a diestra y a siniestra. 

En el combate, perdieron la mitad más uno y así fue como se fueron reduciendo, hasta no sumar más que un par de dedos en las manos.

 

En la llanura y diezmados y con el pueblo en llamas, los caballos corrían y los vivos ya cansados de estar sin morir, visitaban las planicies para enterrar a sus queridos.

 

Al fin, Manuel con tres a caballo y tres en la sombra, visitaron el viento que los llevó y el encargo del viejo que le pidió, que en la fría tierra lo enterrara cerca de la colina y lo dejara allí, con tres nidos y el viento roído de las sombras que llevó, al lado de los ojos que contempló los jazmineros donde cantó dulcemente el zorzal.

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